La espiritualidad puede ser un recurso profundamente reparador para la salud mental, especialmente en momentos de incertidumbre o dolor. Más allá de una práctica específica, se trata de conectar con aquello que da sentido, calma y dirección a la vida. Cultivar espacios de silencio, gratitud y reflexión favorece la regulación emocional, fortalece el sentido de propósito y permite sostener el malestar con mayor compasión. Así, la espiritualidad no elimina el sufrimiento, pero sí ofrece una forma más amable y significativa de atravesarlo, promoviendo resiliencia y conexión tanto con uno mismo como con los demás.


